Hace unos días leí el post de Bea de con botas de agua expresando su miedo a perder a un ser querido. No sé si existe en el mundo alguna madre que no tenga o haya tenido ese miedo alguna vez. Creo que viene con el cargo. Me recuerda mucho al miedo que tenía yo cuando era pequeña a perder a mis padres. Recuerdo perfectamente cómo le hacía prometer a mi madre que siempre iba a estar allí, que siempre estaría conmigo. Hace poco tiempo Eva me hizo una pregunta parecida, y a diferencia de mi madre no pude contestarla firmemente que sí, no me salió. Ahora me hago una idea de cómo debía sentirse ella cuando yo la ponía en esa situación, nunca le tembló la voz y siempre ha sabido trasmitirme la seguridad que yo he necesitado.

Tuve la suerte de crecer sin conocer lo que era perder a alguien querido, hasta que cumplí 25 años nadie cercano se fue, y cuando murió mi abuelo hace 10 años, fui capaz de darle un sentido racional, y eso me ayudó a superarlo con relativa facilidad, a pesar de que le adoraba. Y así pasaron otros diez años sin perder a nadie más, hasta que a principios de este año se fue mi abuela. Su pérdida me dolió, pero una vez más fui capaz de darle sentido, había vivido muchos años y su vida se había apagado lentamente, era su momento de irse, era natural.

Si embargo, no estaba preparada para lo que vendría después, a los pocos meses, en julio perdí a mi padre, el cáncer me lo robó. Se lo llevó sin darnos tregua, sin dejarnos hacernos a la idea, casi de la noche a la mañana.

Esta vez no pude darle sentido, esta vez no pude explicar por qué, y el dolor fue, es tan grande que todavía se me escapan las lágrimas cuando pienso en él y a veces pienso o quiero pensar que todo ha sido un mal sueño. Pero no es una pesadilla, tuve suerte de crecer con cierta despreocupación por la muerte, pero ahora me toca vivir la realidad. Estamos de paso y en cualquier momento nos podemos ir, sin más.

El miedo que menciona Bea en su post está ahí, pero ahora se me hace más presente el miedo a faltarle yo a mi hija. Sé que nunca le faltaría de nada, sé que es fuerte y lo superaría, pero yo quiero estar aquí, con ella, quiero verlo, quiero asegurarme de ello, quiero acompañarla en su vida, como mi madre me acompaña en la mía.

Estos últimos meses he estado trabajando mucho en centrarme en las cosas positivas, en no pensar tanto en lo que puede pasar, en las cosas malas de la vida. A veces tengo momentos de debilidad, pero la sonrisa de mi niña, su vitalidad, su energía infinita, su cariño y empatía, la manera en la que es capaz de detectar cuando mi madre está triste y darle mimos, o cómo recuerda a su abuelo con cariño o le dice a la abuela que no está sola, que ella siempre estará a su lado. Todo esto y mucho más hace que sea consiente de que la vida es un regalo y que hay que aprovecharlo al máximo, cada minuto y cada segundo. Hay que vivir el presente siendo conscientes del futuro, pero sin que nos pese.

En la vida pueden pasar y pasan muchas cosas malas, cosas que nos pueden parecer injustas, cosas que hacen que nos invada la pena, la ira, el dolor o el miedo. Pero no debemos dejarnos llevar por estos sentimientos si no queremos perdernos cosas preciosas por el camino.

Un abrazo!