Hay muchos estudios en este campo y yo no soy ninguna experta en el tema. Hoy no pretendo sentar ninguna cátedra, sólo contar mi experiencia como madre diabética que se enfrenta al no siempre fácil reto de la lactancia.

Hace 3 años nació Eva. Siempre tuve claro que quería darle el pecho, porque era lo mejor y porque me apetecía mucho. Además, me informé mucho sobre cómo hacerlo y si había algún inconveniente por el hecho de ser diabética insulinodependiente. Toda la literatura al respecto apoyaba la lactancia y la recomendaba por beneficiosa, no sólo para el bebé sino también para la madre. Hablaban de una reducción en la necesidad de la insulina artificial de hasta un 30% y únicamente alertaba sobre la necesidad de incrementar sensiblemente el control de los niveles.

Así pues, una vez llegó nuestra peque al mundo la puse al pecho. Como para muchas otras madres, ese momento no fue tan bonito como me lo había imaginado. Después de la cesárea, y teniendo en cuenta que me dejaron casi 12 horas cerrado el conducto de los tranquilizantes, lo único que sentía era dolor, un intenso dolor. Pero ni eso, ni el hecho de que se llevaran a Eva a la UCI siete días, pudo con mis ganas de darle lo que yo creía firmemente que era un regalo para toda la vida. La experiencia de dar el pecho en la UCI después de una cesárea fue una tortura, sin embargo, viviendo esa experiencia conocí una enfermera experta en lactancia gracias a la cual pude seguir adelante. Me ayudó a evitar una mastitis y me enseñó a colocar a Eva adecuadamente. Ojala hubiese más como ella en todos los hospitales…

Este post no va sobre cómo logré establecer la lactancia, hasta aquí todo lo que he contado le podría haber pasado a cualquier madre, diabética o no, es algo habitual. Lo que quiero compartir son los problemas tuve por ser diabética y qué soluciones adopte, por si a alguna mamá diabética le pasa lo mismo y al igual que me pasó a mí en aquel momento, no encuentra experiencias reales en la red o sus médicos le ponen cara de extrañada cuando se lo cuenta.

Al principio de dar a luz, cuesta un poco estabilizar los niveles de azúcar, pero es normal porque supone muchos cambios hormonales y físicos. Sin embargo, acostumbrada a llevar unos horarios de comidas y de vida bastante ordenados, la lactancia a demanda puso mi vida patas arriba. Intentaba seguir las pautas que había leído, comer algo antes y hacerme pruebas de glucosa después. Pero claro, si el niño llora porque quiere comer, no le vas a decir: espera cariño que mamá se come algo y ahora cuando termine te doy a ti…

El caso es que la ponía al pecho y a la vez intentaba comer algo, pero no era fácil. Las bajadas de azúcar que sufrí en esa temporada nunca antes las había tenido, niveles que ni el propio aparato de las pruebas era capaz de medir. Algunas noches perdía incluso la noción de mí misma y la desesperación y el malestar era tan grande que lloraba mientras bebía un vaso de agua con azúcar tras otro intentando reponerme. Llegaba incluso a aborrecer el azúcar, me daba nauseas, pero tenía que seguir tomándolo porque mi cuerpo no me respondía. Pero claro, no todo son bajadas, luego venía Paco con las rebajas y llegaban las subidas, subidas de niveles desconocidos por mí hasta ese momento, 400, 450, 490!!!!

Llegué a temer seriamente por mi salud, después de haber tenido un control casi perfecto de mi diabetes durante el embarazo, con niveles de glucosa glicosilada por debajo de 6, aquello era un caos absoluto. Mi pediatra me aconsejó que dejara la lactancia, que mi salud era muy importante y que no podía seguir así. Yo lo sabía, pero me costaba aceptar que había fracasado, más cuando después de contárselo a mi endocrino me dijo que lo que yo estaba viviendo no era normal, que otras madres diabéticas no le habían contando nada por el estilo. No me sentía bien, algo debía estar haciendo mal, no podría pasarme sólo a mí! Recurrí a Internet como otras tantas veces en busca de experiencias similares, de consejo, de apoyo. Pero esta vez no me acompañó, no encontré ningún testimonio que me aportara el sentimiento de que no estaba sola o una solución para mi problema.

Entonces, decidí probar algo más antes de tirar la toalla. Decidí darle de comer a demanda leche materna con biberón, pero extraerme yo la leche en horarios fijos. Así, al establecer una rutina, podría ajustar las dosis de insulina y las tomas de hidratos de carbono a mi nueva realidad. Ese orden me daría la estabilidad que yo necesitaba. La toma de las mañanas se la seguía dando del pecho, ese era nuestro pequeño momento especial, pero después cada 3 horas (al principio) me sacaba la leche y la iba guardando en botecitos en la nevera etiquetados perfectamente. Cuando Eva pedía le dábamos un biberón. Me ayudaron mucho en esta etapa Juanpa y mi madre, pues muchas veces coincidía que Eva quería comer cuando a mí me tocaba extraer. Al final conseguí mantener la lactancia casi 5 meses. Fue una experiencia difícil y rara, a veces me sentía como una vaca lechera enchufada al saca leches y soñaba con tener uno de esos super pros con dos extractores simultáneos, pero me sentí satisfecha y feliz de haber logrado mi objetivo.

Dejé la lactancia de manera progresiva, alargando poco a poco las horas como cualquier madre y ajustando mis dosis a cada cambio. No volví a tener esos desbarajustes que viví al principio y todo fue mucho mejor.

Un abrazo,