Cuando uno tiene hijos se hace una película imaginaria de cómo va a ser todo. Imagina escenarios y establece estrategias sobre cómo quiere educarlos. Todos hemos visto algún programa sobre niños rebeldes, desde los pequeños hasta los más mayores y todos tenemos claro que no queremos llegar a eso. En el fondo de nuestras consciencias pensamos que eso no nos puede pasar, que eso sólo le pasa a gente con problemas, con una situación social comprometida, pero no podemos estar seguros.

Cuando te conviertes en padre o madre te sumerges en un mar de dudas y preocupaciones. La salud, la educación, el bienestar de tu hijo son tu máxima prioridad. Le quieres dar lo mejor, pero no quieres convertirlo en un pelele que tiene de todo pero no sabe apreciarlo. Me he visto a mí misma hablando con otras mamis de peques de edades parecidas a la de Eva sobre si les vamos a dar paga o no, si les dejaremos salir hasta tarde, ir solos al cole, si les ayudaremos más o menos a hacer los deberes, etc. Y lo cierto es que no sé de qué me extraño, si cuando no son más grandes que un cacahuete ya planificábamos si vamos a colechar o no, a portearlos, a llevarlos a guardería, a dejarlos llorar cuando tienen una pataleta o darles besos mientras rabian.

Siempre vamos un paso por delante, pero luego nos toca rectificar, y rectificar es de sabios, pero cuesta. Cuesta darse cuenta de que te has equivocado, que tu estrategia era incorrecta y que las cosas no son como las habías imaginado. Pero ser capaces de hacerlo nos hace crecer como padres y como personas. No somos perfectos, no lo sabemos todo, y el método de prueba error no tiene por qué ser tan malo….

Sin embargo en todo ese proceso de aprendizaje hay una cosa que no me sienta bien. No me gusta que la gente me juzgue, que me dé consejos que no he pedido o que me cuente cómo harían o hicieron ellos en mi lugar. Tampoco me interesa que me hablen de sus hijos perfectos, que comen de todo sin rechistar, que no lloran nunca, que siempre les hacen caso y que se van solos a la cama sin rechistar porque ellos tienen la llave de la buena educación y lo han hecho todo perfecto. No me interesan. No me gusta que me digan que mi hija se va a convertir en un niño digno de que le trate la supernani o peor, el hermano mayor, porque se ha cogido una pataleta, dos o tres. No me gusta que hagan profecías sobre su futuro basándose en comportamientos que pueden ser puntuales o que quizá sí sean un problema, pero es mi problema.

Hoy escribo esta entrada porque, señores, soy humana y me afecta cuando me hacen este tipo de comentarios, directos e indirectos. Si te sientes como yo, no estás sola y si eres de las que van contando lo bien que te va o te ha ido, regalando consejos, piensa que mañana puedes tener que cambiar de idea, tu hijo/a puede necesitar un comportamiento diferente de ti y donde dijiste digo, tendrás que decir Diego. Piensa antes de hablar y habla cuando te lo pidan. Y si tus hijos ya están criados y hablas de experiencias pasadas recuerda que el tiempo nubla los recuerdos y que no siempre las cosas fueron como las recuerdas. Si no que me lo digan a mí, que me pasé todo el embarazo repitiendo que nunca pasaría por lo mismo, que fue un sufrimiento constante y ahora lo recuerdo con nostalgia o como algo no tan malo…

Un abrazo,